Si el abad del convento juega a los naipes, imagínense qué hacen los frailes.

No es nuevo, por desgracia, y desde luego puede ser una de las vertientes más dolorosas de las muchas que estas últimas cuatro décadas nos ha propinado. Nos referimos a la decadencia…

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No es nuevo, por desgracia, y desde luego puede ser una de las vertientes más dolorosas de las muchas que estas últimas cuatro décadas nos ha propinado. Nos referimos a la decadencia y degeneración de buena parte del clero español de todas las clases –siempre ha habido y habrá excepciones, desde luego, las cuales, por escasas, son más de admirar, sin duda, y a ellos rendimos nuestro más sincero homenaje–; que sea o no por contagio internacional da lo mismo, a nosotros el que nos interesa por ser el nuestro y el más cercano es el español.

 

Desde ya antes de comenzar el Vaticano II, de infausta memoria, buena parte del clero español comenzó no sólo a relajarse, sino incluso a degenerarse. Tras el concilio citado esa gran parte de ese clero desvariado entró en barrena y… pasadas cuatro décadas sigue viento en popa, a toda vela y cuesta abajo hacia el precipicio.

 

Y como el Diablo cuando está aburrido con el rabo mata moscas y como es un gran profesional de lo suyo y no se toma vacaciones, no dejó nunca de tocar todos los palillos posibles para llevarse al huerto, o sea, al puñetero infierno, a los pastores, conocedor de que con ellos irían muchas ovejas; no en balde cuando aquéllos flaquean o se arrojan al surco éstas suelen ir detrás más que como ovejas como borregos.

 

Una de las facetas, entre muchas, en las que el Diablo ha alcanzado grandes éxitos en España ha sido en inyectar en sus seguidores clericales la inmunda enfermedad de la secesión de algunas de nuestras queridas regiones; en concreto Vascongadas, Navarra, las provincias catalanas y ronronea cada vez más por Galicia. Inmunda porque todo en ella es mentira: mentira histórica, etnica, lingüistica, política, social, cultural, económica y, por supuesto, espiritual; vamos, como corresponde a todo lo que viene del “Príncipe de la Mentira”.

 

Es realmente penoso no sólo recordar que ETA nación en buena medida en las sacristías vascongadas, sino que el veneno del secesionismo viene siendo cultivado de forma grosera y descarada en las parroquias de aquellas provincias, en la de Navarra y en las catalanas. Hay tantos ejemplos de hechos vergonzosos, contantes y sonantes, hay tal cantidad de documentos escritos y audiovisuales que sería para llenar libros y álbumes a destajo. Por eso para qué citarlos aquí.

 

Pero con ser eso penoso, aún lo es más el silencio, la complicidad, la cobardía y la estupidez de sus jefes, es decir, de numerosos cardenales, arzobispos, obispos, abades y madres superioras. Es realmente terrible venir observando día a día como por una u otra de las causas dichas o por algo de todas, los jefes permiten sistemáticamente las barbaridades espirituales, morales, políticas, sociales y culturales con que nos obsequían sus subordinados.

 

Lo dicho sólo puede deberse a un motivo: ninguno de los afectados tiene fe, ninguno de ellos cree de verdad, ninguno de ellos es católico y todos se encuentran en pecado mortal. Los clérigos secesionistas vulneran flagrantemente el cuarto mandamiento. Cometen apostasía pues reniegan de la doctrina secular de la Iglesia. Se alían con el enemigo, pues todos los partidos y organizaciones secesionistas son ateas o agnósticas, y de una u otra forma enemigos declarados y activos de la Iglesia. Muchos de ellos han cometido verdaderas profanaciones de sus iglesias, tan terribles como aquellas en las que algún desalmado ha violentado el sagrario y ha esparcido por el suelo las Sagradas Formas o se ha desnudado ante el Santísimo. No se puede decir de otra forma. O sí, porque además, para más inri, su pecado es público por lo que han dado escándalo, lo cual si es grave en cualquiera de nosotros cuánto más en un hombre consagrado. Pero todavía hay algo que hace que el estado de sus almas sea gravísimo: el hecho de que arrastran a los que por ignorancia, estupidez, comodidad o absurdo clericalismo les siguen; éstos tendrán que dar cuenta de su culpa, pero aquéllos lo harán por la suyas y por las de éstos.

 

¿Y el Vaticano? Idem, eadem, idem, o sea, lo mismo, pues no sólo no pone remedio, sino que con su silencio y dejar hacer se hace cómplice necesario y activo de unos y otros; ojo, no sólo el actual, el de estos cuarenta años pasados, Papas incluídos.

 

El clero español se encuentra sumergido desde hace décadas en el peor de los lodazales jamás imaginado. ¿La solución? El tan deseado milagro –se precisaría que fuera cósmico dada la gravedad de la situación– que hay que procurar merecer, lo que hoy por hoy no se da. La otra solución es colaborar con nuestra incesante oración, con nuestras penitencias, con la ausencia de pecados al menos mortales y con nuestro testimonio a que aquéllos recapaciten y se re-conviertan o a que Nuestro Señor se apiade de todos. Habría otra que se dio cuando los Reyes Católicos accedieron al poder y observaron la decadencia del clero de aquellos días: y es que las autoridades civiles apoyaran a esa minoría de clérigos que se mantiene intacto y firme y entre ambos colectivos arrearan a los otros hasta expulsarlos del templo, pero eso sería mucho pedir en esta sociedad paganizada gracias, precisamente  –la pescadilla que se muerde la cola– a la degeneración clerical aquí relatada.

 

Es pues muy importante, esencial y obligado que los católicos nos mantengamos firmes en la fe, formados profundamente en sus términos, radicales e integristas, y que además de lo dicho arriba demos la cara, que estemos especialmente vigilantes y exijamos con tesón a nuestros pastores que lleven una línea correcta; que no dejemos por motivo baladí alguno –respeto humano, pereza, timidez, aburrimiento, desazón, desesperanza– de dar la cara, o sea, de darles la carga. Hay que ser muy, pero que muy exigentes con ellos, hay que incomodarles, hay que censurarles una y otra vez, de palabra y por escrito, hay que perseguirles, o de lo contrario seremos también cómplices de una u otra forma de sus pecados.

 

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